martes, 12 de junio de 2007

El MERCOSUR de la Soja



Editorial del domingo 18 de marzo de 2007



Jorge Eduardo Rulli

www.grr.org.ar



Durante siglos la búsqueda de la verdad fue un esfuerzo incesante de la ciencia. Esa búsqueda caracterizó al pensamiento científico europeo, y aún más todavía, hasta configuró un modo de ejercerse del pensamiento occidental. La búsqueda de la verdad, cada científico, cada investigador, buscaba a su modo la verdad. Muchos pensadores gastaron sus vidas y quemaron sus neuronas detrás de esa meta tan inalcanzable como un esquivo horizonte.

La Globalización y también las Corporaciones transnacionales concluyeron con esa misión auto impuesta por Occidente, y de una manera rápida y eficaz, sometieron la ciencia y los investigadores a sus objetivos de mercado.

En los años cuarenta, FORJA y Arturo Jauretche denostaban la colonización pedagógica y con ello lograron poner al descubierto uno de los instrumentos más importantes que posibilitaba nuestra sumisión a los intereses extranjeros. Me refiero a la capacidad colonial para someternos como país formalmente independiente, pero obligado por su propia dirigencia a un papel de subordinación a los intereses de la metrópoli. La Universidad era el nudo gordiano donde se instalaban en la mente de nuestros jóvenes los mecanismos de la subordinación colonial y los patriotas de entonces comprendieron que estaba allí uno de los principales reductos a los que era necesario ocupar y reducir para imaginar otro país. Ese fue uno de los objetivos de la revolución del 4 de junio del 43 y no tan solo la de evitar que las elecciones fraudulentas llevaran a la Presidencia a un hombre tan nefasto como el latifundista salteño Patrón Costa.

La situación histórica nos ha conducido luego de penosas vueltas de espiral a una situación semejante a la que vivíamos en aquellos días del 43.

Estaríamos en las vísperas de cambios similares si la historia fuera más generosa con nosotros, si tuviéramos las instituciones donde conformar los cuadros para un rescate profundo de nuestros patrimonios nacionales, si pudiésemos como generación recuperarnos de tantos fracasos y de tantos desvaríos y proponernos los objetivos necesarios… Las sumisiones y las dependencias pedagógicas han retornado con sus terribles lógicas coloniales de sometimiento de la voluntad colectiva, y en medio de discursos progresistas y de izquierda, extraviamos nuevamente el sentido central del interés común y dejamos de percibir los modelos y las ecuaciones de la dependencia, para ver solo la superficie de las cosas, aquello que más impresiona nuestra sensibilidad mutilada de la mirada que caracterizaba la conciencia nacional. Solo un sentimiento común se generaliza alrededor nuestro y nos hace con los otros parte de algo mayor que cada uno de nosotros, me refiero a ese colosal rechazo por todo lo que tenga que ver con la corporación política. También, esa violencia a flor de piel que estalla ante cualquier circunstancia y que expresa un hartazgo terminal, incapaz aún de hallar sus palabras y sus razones, pero que está allí, bajo la superficie, latiendo como una fiebre mala en cada uno…



Estamos en las vísperas de cambios, pero ahora sin esperanzas, sabiendo que a menos que ocurra un milagro seguirán burlándose de nosotros. Que la democracia continuará negándose obstinadamente a la participación popular o a escuchar siquiera nuestros reclamos. Que las elecciones son un juego de afiches que nos imponen rostros y gestos sin ideas ni propuestas. El de Bonasso desde las paredes, nos dice para nuestra sorpresa que piensa como nosotros. ¿Pensará como yo también? En ese caso no sé que hace allí exhibiéndose como en una publicidad comercial. Qué espera cambiar Bonasso desde el parlamento si ni siquiera ante la catástrofe planetaria del cambio climática anunciado, pudo convencer a sus colegas de que un país sin bosques nativos merecería ser declarado en emergencia forestal… Sí, la colonización pedagógica es la misma que en aquellos años de FORJA y de Jauretche. Pero algo ha cambiado. Ya no se trata de recuperar la ciencia para el interés nacional como fuera en aquellos años. No es este un cambio de épocas sino una época de cambios. Estamos viviendo una verdadera crisis civilizatoria y lo que está modificándose, porque dejaron de tener vigencia, son las ideas básicas que sostienen el pensamiento científico, tanto como justifican y sostienen las ideologías y los discursos políticos convencionales. No se trata, como demasiados piensan todavía con sus lógicas del siglo diecinueve, de que la tecnología y la ciencia serían buenas o malas según quien las maneje o quien las domine. No, se equivocan, se equivocan o acaso son conscientes de que ese es el discurso hoy de las empresas, no existe una Biotecnología nacional como cree el presidente del INTA o una Biotecnología socialista como intenta vender Grobo en Venezuela.

Una y otra son la misma, son la Biotecnología de Monsanto, de Monsanto sí, que ha patentado los genes, las enzimas, los laboratorios, los protocolos y todo lo que pueda imaginarse uno que se necesita para hacer biotecnología, pero que además contrató a los científicos necesarios, a miles de científicos a los que impuso el secreto y la confidencialidad como base misma del contrato laboral. Los científicos de Monsanto y de las corporaciones no buscan ya la verdad, como fuera anteriormente, sino el modo en que la empresa obtenga cada vez mayores y mayores ganancias a cambio de transformar nuestras vidas en verdaderas mercancías. Tampoco los de la empresa Bioceres de Grobocopatel, que en unión con el CONICET intentan generar un polo biotecnológico en Rosario, buscan la verdad. No, en el mejor de los casos, esos científicos argentinos, buscan sobrevivir con un magro empleo en esta sociedad colonial que en los marcos del Capitalismo Global, juega a país independiente que paga la deuda e integra el MERCOSUR de la Soja.

Las ideas civilizatorias o paradigmáticas en situación de crisis o sospecha son muchísimas. Jauretche en los años cuarenta les habría llamado zonzeras.

Ahora creo que son más que zonzeras, en realidad son algo mucho peor que zonzeras. Discepolín también les habría puesto nombres hilarantes y les habría tomado el pelo con esa socarronería que sólo él sabía tan bien emplear. Hoy no podríamos hacer lo mismo porque dejó de ser un juego. No tenemos tiempo para esas zonzeras progresistas, el tiempo del maravilloso planeta azul se termina y con ese tiempo que termina se nos acaba la vida. O terminamos con el Capitalismo globalizado o se termina la vida del hombre, así de claro. Y cuando pensamos así, cuando nos convencemos de que ya no hay espacios para la utopía ni para dejarle herencias de misiones y tareas históricas a las próximas generaciones, hacemos un clic y nos comenzamos a ubicar en que lo que no podamos hacer ahora, sencillamente no lo podremos hacer… y que cada uno de esos parásitos adueñados de nuestro poder, del poder de ciudadanía que hemos delegado, cada uno de esos parásitos que especula con sucesivos períodos electorales para postularse por simple adhesión a los sillones, debería tener la misma imputabilidad que alguien que conduce borracho y a toda velocidad.

Entre todas las ideas en crisis, hay algunas que se destacan y son rectoras de otras que se hacen necesarias si las aceptamos. Una es la del político que da por supuesto que tiene que dar de comer … cómo es que nos va a dar de comer, si en mi barrio al menos se le daba de comer solo a los pibes… por qué en vez de darnos de comer no nos sacan la soja de encima digo yo, y permiten que la gente vuelva a cultivar y hacer su propia comida, por qué no permiten lotes de terreno donde la gente pueda tener un gallinero y no esos barrios hacinados donde el que no tiene empleo se muere de hambre o tiene que ir a mendigar, por qué no permiten mercados locales y ferias como hubo siempre, por que no establecen zonas donde se asienten productores familiares para producir comida o acaso cinturones verdes alrededor de las ciudades para que volvamos a tener fruta fresca, miel, corderos y animales criados a pasto como la Naturaleza manda. No, nos tienen que dar de comer para domesticarnos, para que comamos de la mano, con los tickets, con los comedores, con los planes trabajar, con las cajas PAN ¿se acuerdan de las cajas PAN? Ahora inventaron algo mucho, pero mucho más horrible: son las cadenas agroalimentarias, los famosos agronegocios que como su nombre lo indica convirtieron lo agrario en un negocio. Las consecuencias fueron que se despobló el campo, que quedó tan solo para los cultivos industriales, y nos hicieron a nosotros prisioneros de la góndola y de las empresas que "industrializan" alimentos. Cómo es que se puede industrializar un alimento, si en mi barrio uno iba a comprar verdura a la verdulería, carne a la carnicería y golosinas al quiosco. Ahora no, ahora compramos las golosinas en la farmacia, los remedios en el supermercado, la carne en el super y todo tiene similares marcas, viene empaquetado como para que no podamos vivir sin el CEAMSE y lo peor es que todo sabe igual, porque en el fondo todo esta engordado con soja transgénica.

Yo en los años cuarenta acompañaba a mi madre a comprar la gallina para el puchero a la pollería. Ella la elegía y ahí mismo se la mataban y pelaban.

Tenía gusto a gallina, ahora tiene gusto a pescado, en el mejor de los casos. La carne bovina era carne criada a campo, todavía en aquella época los animales comían pasto. Ahora comen los subproductos industriales de la soja, piensos con hormonas y antibióticos. Esa carne estresada, criada a corral de engorde navega entre sus heces y chapalea en el barro de sus orinas, el hedor se hace insoportable a varios kilómetros a la redonda. En el país de la carne es una ofensa a la inteligencia y a los patrimonios nacionales que nos den a comer esa porquería y pese a ello los señores diputados nacionales tienen tiempo de tomarnos el pelo instaurando el día de la parrillada nacional.

Bien, este modelo de país que vende piensos y aceite de soja, es complementario con el de los países como Europa y China que ahora hacen su propia carne gracias a que nosotros vivimos aplastados por los monocultivos hasta las banquinas. En vez de diez kilos de granos o harinas de soja, con otros criterios del intercambio comercial podríamos enviar tan sólo un kilo de carne, de buena carne pastoril, o acaso dos kilos de queso. La diferencia en transporte y en combustible sería más que importante, en especial cuando se supone que debemos preocuparnos por el cambio climático. El mundo estaría más equilibrado. En nuestro país no habría tanto hambriento ni indigente como hay ahora, porque habría comida y más empleo, y Europa no tendría tanta carne como ahora para exportar al África a un precio irrisorio gracias a la soja nuestra, tanta como para derrumbar los producciones locales, y por lo tanto no habría tanto africano sin trabajo y sin comida, tratando de salvarse en chalupas desesperadamente, o trepando alambradas para entrar a la UE como fuera.

El país de la Soja es el país de los monocultivos y de la agricultura industrial. Es un modelo de país. Es el modelo de país proveedor de forrajes transgénicos. La producción de Biocombustibles, que mejor podríamos denominar agrocombustibles, no es más que la profundización de ese mismo modelo de país. Ese país es también el país del Agronegocio, de las cadenas agroalimentarias, de la producción de carnes a corral de engorde, de cría de pollos con el método Cargill de hacinamiento masivo y con balanceados de soja y maíces transgénicos. Uno que lo vive y lo sufre desde los años noventa sabe que no es un país deseable y que las consecuencias en nuestra calidad de vida de ese modelo han sido devastadoras. Sin embargo, es el país que está comprando llave en mano el Presidente Chávez, para llevar a Venezuela y ahora parece que también Cuba cerraría acuerdos con Gustavo Grobocopatel. Es realmente penoso y nos costaría explicarlo. Pero antes de explicarlo debemos decir muy claramente, que cuando Venezuela y Cuba compran el modelo argentino que Gustavo Grobocapatel llama del poder del conocimiento, no solo se están llevando la opción tecnológica que a ellos les interesa. También están convalidando y legitimando con sus tratos el modelo colonial de la Argentina, un modelo que ha sumido en la pobreza y en la indigencia a millones de trabajadores y que la Argentina ha exportado a los países vecinos. Alguna vez dijimos que esa Argentina era el portaviones de Monsanto, y lo fue hacia Paraguay, hacia Uruguay, hacia Bolivia y en especial hacia el Sur de Brasil donde, contra toda ley internacional, impuso la soja maradona en el territorio que se denominaba libre de transgénicos.

Pero ninguno de esos países hermanos compró llave en mano el modelo sino que fueron invadidos de semillas ilegales, de tóxicos para la agricultura y de cultivos industriales para la exportación de comodities. Ahora en cambio, ellos ambos, tanto Venezuela como Cuba, están respaldando la Republiqueta sojera y pasan a ser tan responsables como Monsanto o como los pooles de siembra de nuestras propias desventuras que, a corto plazo nos serán comunes.

¿Por qué lo hacen? Tal vez, porque también ellos se han rendido a la idea monárquica y paternalista de tener que dar de comer… porque también ellos conducidos por la idea del progreso ilimitado, han cedido ante la fascinación de las tecnologías y de la producción en masa de animales, porque no conciben una sociedad que no sea urbana e industrial y porque en el fondo están convencidos que lo agrario se relaciona al atraso y a la barbarie. Porque no pueden resolver desde el marxismo occidental y tradicional los problemas agrarios o los desafíos de arraigar gente a la tierra, porque los abruman las experiencias soviéticas en que decenas de millones de campesinos fueron masacrados o murieron por hambrunas, debido a las espantosas políticas implementadas por los bolcheviques desde los grandes centros urbanos. Tal vez porque el marxismo occidental y me arriesgo a una opinión que desatará polémicas, porque no es más que la última carta de la burguesía y eso explicaría los actuales procesos neodesarrollistas en América Latina, que se acompañan de discursos progresistas, y también explicaría el despiste de la izquierda argentina que carente de toda propuesta de país, lo que ha hecho es dedicarse a los derechos humanos del pasado, generando una especie de ideología política de los derechos humanos, incapaz de contemplar el presente o de pensar lo por venir.





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